El canto de un alma poética…

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El Kidergarten


Llegó el 2018, y por tercer año consecutivo me tocó empezarlo trabajando. Un generoso honor y como siempre lo hice en mi vida, con la mejor actitud, porque trabajo es lo que fluye en los genes. El ámbito laboral empezó con hostilidades bastante evidentes, como si lo hasta ahora sucedido no fuera suficiente. Todo un manual de psicopatología laboral.

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El pasado 27 de diciembre, como en tono de joda por el Día de los Santos Inocentes, luego de volver a casa del trabajo, se nos informó que la policía realizaría un allanamiento a nuestros lockers por una denuncia de robo de anteojos recetados por parte de un pasajero de vuelo que nos tocó recibir días antes. La orden llegó demasiado tarde como para hacerse en presencia nuestra, que estuvimos hasta casi el final de la tarde cumpliendo nuestra jornada. Se dio aviso al respecto en un grupo que se armó de todos los compañeros que comparten el mismo delegado. Desde que el delegado resultó completamente ineficiente en un hecho que revistió grosera gravedad, yo opté por abandonar el grupo de WhatsApp, además debido a que, cuando yo hacía algún comentario o emitía opinión, se escuchaba el canto de los grillos.

Así fue que se consultó sobre dónde había quedado la llave de nuestro cofre grupal en el grupo que tenemos en el turno del que formo parte desde que sucedieron los groseros hechos mencionados antes. Digamos como para resumir que el 2017 fue un año estresante por las pendejadas ramperas. Un supervisor terminó yéndose al tacho; cambio de turno forzado, y aquí estoy, desde casi mitad de año.  Dio la faquín casualidad que la llave la había guardado por primera vez en mi cofre, por lo que inquirí sobre la urgencia de dar con esa llave, dada la circunstancia de que el turno en operaciones era justamenteel turno traidor del que había sido parte hasta antes de los groseros hechos. Tardó en llegar la explicación de que se trataba de un allanamiento ordenado por la Justicia y que si no conseguían abrir los candados, los romperían. Me contó un oficial que procedió en esa diligencia que incluso esperaron para recibir la clave de mi candado de 4 combinaciones porque era demasiado buen candado como para romperlo. El problema es que pasé la clave para que la informen al pseudo-supervisor a cargo de ese turno: un soberano alcahuete mala leche que no tendría que estar a cargo siquiera de un kiosquito barrial. Cuando ardían las papas en el turno A y este pelandrún se iba por la tangente, yo requería la intervención del supervisor titular de ese turno, pidiéndole que ponga en vereda al “Atolondrado”. Y este alcahuete barato no fue el único compañero con actitudes de mierda y pendejadas infantiles durante mi estancia de más de un año junto a ellos.

Llegaron sin embargo a confesarme un día, en tono de pedido de disculpas, que se habían dado cuenta que yo no era el problema que ellos suponían en dicho turno; el problema era otro miembro que francamente, resulta mejor dejarlo fuera del relato que calificarlo.

Quedé bastante nervioso e intranquilo durante el resto de esa tarde, porque en ese turno de mierda fue que surgieron testigos que salieron a favor de un violento y prepotente supervisor para hacerme una contradenuncia penal. Todo un compendio que merece la pena un artículo exclusivo. De ahí es que abandoné al grupo inservible de WhatsApp, y por eso es que tuvieron que avisarnos a los disidentes que faltaba la llave del mueble, para después precisarnos que se trataba de un allanamiento. ¿Y qué tal si estos traidores ponen algo en mi cofre antes que lo revisen? ¿Por qué tienen que hacerlo en ausencia nuestra, si fue nuestro turno el que estuvo ese día del vuelo?

El allanamiento ya era ordenado y abrirían o romperían. Cometí el error de informar la clave para que la sepa hasta el atolondrado, que es bastante chorizo, el infeliz; y sin códigos ni vergüenza. Por las dudas, whatsappié a un compañero confiable de ese turno como para que se ocupe de atender la apertura de mi cofre. Dijo que se ocuparía, pero se terminó cagando porque si ingresaba y abría el candado, quedaba clavado en el acta, y parece que tiene fobia a todo tipo de formalidad. Abrieron mi candado, revisaron y volvieron todo a su lugar, salvo que el candado quedó sin cerrarse, aunque por más que lo hubieran hecho, ya tenían la clave, y resultó que el muy buen candado desapareció mágicamente.

Lo busqué hasta en la basura, porque son tan malditos y maldadosos los de ese turno, que bien podrían tirarlo para hinchar las pelotas, apenas. El caso es que se lo choricearon nomás, haciéndose de paso, muy los pelotudos. Al otro día nos tocaba turno vespertino y reemplacé provisoriamente el candado con uno de 3 combinaciones hasta que reaparezca el que robaron. Con el turno que operó esa mañana, no hay ninguna animosidad seria como para esperar de ellos un comportamiento tan poco honesto. Entonces, al completar la segunda tarde y antes de tener los últimos francos del año, pedí por nota al turno A que devuelvan el candado sustraído, pero pobrecitos, ¡cómo se me ocurre difamarlos así!

Volví este primero de enero a trabajar y mi cofre estaba notoriamente violentado: habían desaparecido el candado que reemplazó al que dejé yo; dañaron mi cofre y pusieron a modo de burla un candado inservible que no cierra y que además es de los que se usa con llave. Yo debiera no haber trabajado hoy ante esa situación, pero no tuve tantas luces en la madrugada como para pensar seriamente una estrategia que resolvía fácilmente las hostilidades. Mi cofre me fue entregado sin uso, y el uso que yo le doy jamás lo dañaría como muestra la imagen. No es la primera vez que atentan contra mi cofre, pero resultaba demasiado bueno aquel candado que robaron, porque cuando volví de Europa, mi cofre tenía hasta el caucho de los zapatos que propinaron las patadas para romperlo. Todos se hicieron los boludos; nadie fue, como siempre… como si fuera un kindergarten y no un grupo de adultos responsables.

IMG_20180101_130544Y la animosidad en mi contra, por llamarlo del modo más inocente posible, tiene otros antecedentes como sucedió con el sticker


que traje de Bogotá en mis últimas vacaciones. Los ramperos acostumbraban a pegar stickers varios que encontraban en las valijas, o se caían, o encontraban por allí. A mí me parecía mejor opción traernos stickers que demuestren por dónde van los maletas en sus vacaciones; una suerte de motivación para que viajen más y compartan algo en banda, tan sencillo. Tan simple como un sticker.

Volví de mis vacaciones, y la primera mañana de trabajo, sumé al collage mi sticker. Cuando nuestro turno trabaja de mañana, por la tarde lo releva el turno del que me sacaron. Al día siguiente, en la mañana, ya pude observar la inofensiva y cabal conducta de esos pendejos mal enseñados. Quien lo hizo, no reparó en que se prendió fuego solo. En algún momento resultaría clave mostrar el nivel de pendejadas al que llegan estos pelotudos, para después hacerse las víctimas y los ultra cuerdos.

Y este año no pienso aguantar el más mínimo desplante, porque la empresa es demasiado seria como para tener que soportar estas burradas cotidianas. Todos parecen preferir mirar para otro lado, como el alcahuete atolondrado que escuchó demasiado claro la amenaza de muerte que me dirigieron ese día de agosto, pero estaba empeñado en ser enemigo mío, con lo mucho que le falta como para estar a la altura de las circunstancias. Diría el rockero rosarino que no es bueno hacerse de enemigos que no estén a la altura del conflicto:

Piensan que hacen una guerra, y se hacen pis encima como niños.

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Casa Nueva 17


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Los sueños están para cumplirse, pero es condición necesaria tener primero por lo menos uno. Es común que cuando se le pregunta a una persona sobre sus sueños, comienza por decir: “Sueños, tengo muchos…”, pero al pedirse precisión, no se llega a ningún lado más que la abstracción. Yo tuve años de lucha y de preparación de mis sueños en los que nada salía como lo planificaba al principio de cada año. En mis agendas comenzaba añorando lo que pretendía para el tal año: “Voy a comprarme un bajo de 6 cuerdas.” Pero el año terminaba sin cuerdas para mí, más que la guitarra acústica que me acompañaba en esas soledades. Los libros estaban también, siempre moldeando mi futuro, al son del aprendizaje. Pero los sueños estaban desde mucho antes. El sueño de ser artista. Escribir mis canciones. Aprender a ser y hacerme músico, a pesar de todos los obstáculos. Pero me habían dicho una vez que para nosotros no estaba destinado que soñáramos. Yo soñaba con mi escuela de música e inglés; volcar lo cultural, salir de la monotonía.  Y aunque declarar esos sueños sonaba a locura, lo proclamaba todas las veces que hacía falta. Algunos me demostraban su incredulidad con la simple mirada. Para mí era un desafío.

Pero hubieron sueños cumplidos que ni siquiera estuvieron alguna vez en las resoluciones de año nuevo de mi agenda. Vinieron como el valor agregado; como una recompensa. Y tenía desde hace muchos años una idea fija en torno a mi año 40. Lo vislumbraba de lejos como el final de la infancia, el paso a la madurez. Un postgrado en la vida, si acaso atravesaste ese primer capítulo sabiendo de qué trata la vida.

Y la vida se trata de sueños.

Yo quería convertirme en una estrella de rock cuando adolescente. En jardín de infantes me propuse aprender a tocar un piano como el que había en la salita de música de la escuela 267. ¿O acaso será que ese piano y esa salita de música la soñé dormido? Cantar fue otro sueño, pero cantar mis propias canciones hasta llegar, por qué no, a un disco. Escribir un libro sobre esa vida en los primeros 40 días de desierto. ¿Qué me enseñaron estos años, además de vivir la música? Unos de mis cuentos trata sobre el encuentro bitemporal entre el pequeño Javier de mi infancia con el viejo que está cerca de irse de la vida, ya consagrado en su pequeña aldea, al menos.

Me han soñado en Colombia, en Polonia, en México, Estados Unidos, Brasil… Me han leído en casi todo el mundo a esta altura sin tener todavía una hoja del libro escrito. Le debo al 2017 el libro prometido. Tuve otras muchas ocupaciones y seguí desconectado del arte de escribir, de pensar. Ese instrumento que es la continuación de las ideas humanas todavía está en el futuro. Viajar sí se volvió realidad. El trabajo es un sueño con ribetes de pesadillas. Amo trabajar desde que era niño, pero una manga de vagos de entre los colegas aeroportuarios asumían que yo formo parte de su club, y que soy peor que ellos. Dejé sin argumentos a gente sin capacidad de argumentar; soporté todos los gataflorismos imaginables. Todavía me queda paciencia para lidiar con gente sin coherencia. Y más allá de todo, mi trabajo es un sueño, así como la extensión que complementa mis días con los alumnos que siguen regando con buenas recomendaciones mi tarea.

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Crucé el charco y caminé por los Champs-Élysées, visité a Cortázar-Dunlop-Bernárdez y caminé por el Sena pensando en la mujer que se ahoga en mis delirios casi todas las noches. Praga fue el gran destino luego de aterrizar en Barcelona. Mi triángulo fue en bermudas por Europa: Barcelona-Praga-París-Barcelona, y de vuelta a casa. El viernes santo en París, pero al regreso, mi mayor preocupación se enfocaba en encontrar un nuevo Cuchitril, porque el depto. en que había vivido los últimos 2 años me había quedado por demás chico, además que la cotización de la renta ya me resultaba absurda. “Casa nueva”, significa mi nombre, amén de que simplemente buscara una nueva casa en alquiler. Se había frustrado en noviembre la firma de contrato por un departamento céntrico ideal para emplazar allí la gloriosa academia. Costó dar con el sitio justo y hubo hasta un detalle tragicómico en el proceso: me sirvió como garante inmobiliario el mismo supervisor que a poco más de un mes de mudarme, me amenazó de muerte en el trabajo. Toda esa novela patética de la rampa derivó en mi cambio de turno y la vuelta al mismo en que había comenzado mi aventura aeroportuaria. Yo no quería bajo ningún punto la idea del cambio, pero resultó forzada porque el mismo garante-poronga, manipuló todo para quedar como la víctima de un “quilombero rampante”, y hasta supe que luego de hacerse el Violencia Rivas, terminó lloriqueando ante su mujer porque yo lo tenía en jaque y estaba por perder su trabajo. Redobló la apuesta con una fantochada cósmica peor que la amenaza: me contra-denunció para que también yo pierda mi trabajo o elija recular en mi demanda para que ambos quedemos adentro. Los delegados ramperos resultaron ser unas reverendas putas baratas que me prometieron resolver el gran quilombo en buenos términos si yo desestimaba la denuncia contra mi supervisor, pero después, todos se hicieron los distraídos y el tema no volvió a tocarse porque ardía troya y yo quedaba sin oler siquiera a humo.

Mi reincorporación al turno B fue como un renacer; el día previo había fallecido mi abuela, yo viajé el día de su muerte a Buenos Aires para tener un buen sustento legal ante la prepoteada cósmica de un tipo que piensa que por llevar dos handys en el bolsillo, puede llevarse el mundo por delante. Le correspondía cuando menos una severa sanción, pero se lavó la carrocería rampera del modo más pusilánime que puedas imaginarte, pero yo salí muy bien parado porque los antecedentes hablan muy bien del prepotente, y en cambio, mi conducta es intachable. Todas las niñerías que sucedieron en el turno A, las sobrepasé con la altura intelectual que me caracteriza. La singular metáfora de todo lo transcurrido fue que el primer día de 2017, yo había empezado la mañana trabajando, permitiéndole a otro compañero viajar para empezar el año junto a su familia al reemplazarlo justamente en el turno B. Las niñerías del turno B también son moneda corriente, pero no al nivel de ridiculez que soportaba en mi ex turno. Nunca me había tocado lidiar con gente tan absurda, pero la llevamos y voy poco a poco demostrando todo aquello que se empeñan en desconocerme. En mi larga historia laboral, siempre resulté ejemplar por mi capacidad de adaptación como mi gran cualidad de aprendizaje. Siempre sobresalí y siempre fui felicitado por mi desempeño. Y en la madurez de mi vida, una manga de mediocres pretende tratarme como si ni siquiera diera mi rango para aspirar a la mediocridad.

Mañana comienza un nuevo capítulo en mi historia laboral: Otro primero de enero inicia para mí trabajando, tal como en aquel enero del ’89, cuando siendo apenas un niño de 11 años recién cumplidos, iniciaba mi historia laboral en un supermercado de Bariloche, en modo ilegal. Un niño no debe trabajar, pero mi historia estaba predestinada a ser distinta desde el vamos.

La Casa Nueva fue un generoso descubrimiento, una sobrenatural coincidencia. “Esa casa fue hecha para la música”, me dijo su propietaria cuando firmó el contrato en plena conformidad. Pienso que no dimensionó todo lo que significa la música en mi vida. Alguna vez dirán que en esta casa vivió un artista. El libro está en camino, así como otros sueños que se ramifican en la vida de ese niño que soñó con aprender a tocar un piano a los 5 años.

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Luego de la Casa Nueva y tras superar el grosero quilombo laboral, me tomé unos días de vacaciones del presente año. Mi destino: Medellín, Colombia.

Lo que no presagié es que mi tocayo de cumpleaños llegaba el mismo día que yo aterricé en Bogotá con mi madre. El país cafetero estaba alborotado por la visita papal, pero yo tenía mi propia aventura y compartimos unos días maravillosos en Bogotá, en Medellín y un resto de Buenos Aires, antes de volver a casa.

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A Medellín volvía porque una mujer me espera. Ideal para frase de una canción. Mi vida es una canción, y tal parece que el nombre con que me conocieron siempre lo tengo por un artista…

Hoy pasé caminando por fuera de la funeraria de mi vecindario. Allí fue que la familia se reunió para despedir a Doña Emma, mi abuela, que se fue el 15 de agosto, a sus 91 años. Terminaba el año y yo reparé en el hecho de seguir vivo y comenzar otro calendario en mi vida. Tengo marcado el recuerdo de los días que lideré a un grupo de jóvenes, y una ocasión en que desarrollamos un juego para conocernos mejor. La consigna era preguntar a cada uno sobre los sueños; detallar algo que admiráramos del otro; indagar sobre los sueños…

Alguien anónimo me dirigió la gloriosa pregunta que me persigue desde entonces como desafío: ¿Soñaste alguna vez hacer con tu vida todo lo que lograste?

Esa pregunta sucedió hace poco más de 7 años; la enmarcaría en un cuadro para verla cada mañana al despertar. Podría soñar mil sueños nuevos, pero estoy seguro que los que ya concreté inspiraron a quienes se cruzaron en mi camino. Creo que cada alumno que inicia su camino de aprendizaje bajo mi tutela me da la pauta que mi vida tiene algo que ofrecer al mundo; a esa pequeña aldea de la que oriundo soy.

¿Que traerá el 2018? ¿Cuáles sueños persigo en esta nueva etapa de vida, esa madurez tan añorada? ¿Qué resoluciones de año nuevo tengo para mi agenda hoy?

Quiero seguir viviendo como para que quienes me conozcan se pregunten si acaso soñé alguna vez con la vida que he transitado.

La vida que te pasa facturas


Me había empecinado con la sola idea de un posible amor a distancia. ¿Acaso no era más fácil un amor doméstico? La historia de cada persona parece escribirse de antemano y ya está diagramada para cuando se vive. Cómo pueden las decisiones que asumimos a diario enredarnos por distintos entramados y terminar mucho más lejos de donde nos proponíamos. ¿Quién sigue acaso un meticuloso plan para hacer de su vida aquello que planifica? Hubo años en que yo hacía mis “propósitos de año nuevo” y enlistaba a modo profético todo aquello que anhelaba conseguir, para después mirar la lista a los meses y reírme de lo lejos que había llegado en las fantasías.

¿Será que un hombre se reconcilia recién con su destino cuando aborda el camino trazado por la Providencia para él?

No podría explicar hoy cómo me atreví a soñar con un amor platónico una vez más. “¡Cómo podés creer en el amor a distancia!”, solía ser el cuestionamiento más sensato. Vaya uno a saber qué maquinaciones hacen ese entramado que forja los laberintos que hacen a nuestro existir. ¿Qué hubiera sido si alguno de los dos se rendía antes de cumplido el tiempo?

La idea estaba fijada y yo esperaba mis vacaciones para «alunizar» en Medellín y plantar bandera en la Ciudad de la Eterna Primavera. Edith me esperaba en la terminal aquella vez que arribé luego de un maratónico viaje comenzado en San Carlos y hasta Bogotá en avión, para luego emprender mi primera noche colombiana a bordo de El Bolivariano. Medellito llegaba conmigo para terminar en los brazos de mi amada. Mi vuelta fue con lágrimas de un aeropuerto; esas despedidas que dejan sabor a que algo te arrancan cuando partís. Mi suegro lloraba. Había sido primero un paladín cuando hubo que reclamarle a la prepotente supervisora de Avianca quien me dejó sin mi vuelo a Bogotá por míseros 4 minutos de retraso que hubo en la llegada al José María Córdova  por un embotellamiento de día de las madres. Pero en la despedida se quebró, tal como la amada hija. Yo también lloré y me vine con la determinación de volver pronto por ella.

Los días volaron en San Carlos y la temporada invernal marcaba un límite de posibilidades para hacer la nueva travesía que, esta vez, no daba siquiera la holgura como para viajar de noche en bus. Nada podía salir mal y todo tenía que estar milimétricamente planificado, como en aquellos días que llenaba de gusto mis agendas con proyectos que el año abortaba.

Habían apenas 4 días para combinar todo. Como no uso tarjeta de crédito, se hacía menester molestar a algún amigo que no se sobresalte con la locura. No hay forma de viajar sin hacer la compra con ese medio de pago en el sistema designado para el personal de la compañía. De todos modos, no alcanzaban los 4 días, pero podía prometerle a mi supervisor regresar el primer día de trabajo, bajarme del primer vuelo y ponerme a trabajar hasta que las velas ya no ardan. Lele se jugó en buena fe. Dieguito puso la confianza con su tarjeta; todo estaba listo y esta vez no había lugar para sorpresas: Edith estaba prevenida y ya tenía que alistarse también.

Era imposible llegar a Buenos Aires la misma mañana de la partida a Bogotá, por lo que se hacía necesaria una noche en la ciudad del tango. Lo único malo del viaje fue el hotel de Buenos Aires, por no arriesgar la búsqueda por uno más decente y no tan económico. Una mala noche de descanso puede salir más cara que un hotel lujoso. De todos modos, estaba cerquita al Obelisco, y esta vez supe cómo llegar a Ezeiza usando un colectivo de línea que pasa justo por ahí. No es lo mismo pagar $500 en un taxi que unos modestos $60 en otro medio de transporte. Ya en Ezeiza, debía tomar un nuevo colectivo por apenas $6 y llegaba al Ministro Pistrini. Y esa mañana, temprano al check-in, para luego abordar el conocido viaje y llegar en el ocaso del día a El Dorado. Desde allí, viaje por la compañía en que había prometido nunca volver a viajar rumbo a Medallo; y desde el José María Córdova en buseta al centro de Medellín donde esperaban los mismos protagonistas de aquella lacrimosa despedida. Esta vez era alegría y emoción contenida.

Cómo será el destino que el mismísimo día que se cumplían 81 años del fatídico accidente en que muriera el Zorzal, nada menos que en la Capital Mundial de las Aves, llegaba el otro pajarito venido de la fría Patagonia, con su ukelele a cuestas y todos los sueños a flor de piel. No siempre se retorna con la frente marchita, ni tampoco hay que esperar 20 años. Apenas se cumplía 1 año y 8 meses de iniciado el amor. Todo estuvo bien aquel 24 de junio, que para variar, era también cumpleaños del Diego de la tarjeta.

Restaba un día en Medellín porque el viaje de vuelta sería recién el domingo 26 de junio, para así llegar en el primer vuelo del 27 al aeropuerto de San Carlos de Bariloche. Tenía el dinero para costear el pasaje de regreso de Edith, condición indispensable para que saliera por primera vez de Colombia. Ella estrenaba pasaporte, apenas días de entregado y lo sellarían con su primer viaje a Argentina. Pero también tenía la fe como para gastar parte de ese dinero en compras de Medellín y que el favor de Dios nos guíe. No había vuelto a olvidar la tarjeta de débito y la tenía habilitada para gastos en el exterior. ¡Medellín es tan amigable para un desimpulsivo comprador de ropa!

Y así fue como después de la generosa BIENVENIDA en casa de Medellín, nos fuimos preparando para el retorno glorioso, la misma tarde que la Albiceleste mordía el polvo en suelo yanqui.

Yo tenía miedo del llanterío aeroportuario. Esta vez era un poco más serio el asunto: se iba una hija, una sobrina, una hermana, en los brazos de un apenas conocido un mes antes. Me sorprendieron gratamente todos, porque no hubo un sólo lagrimón, sino la bienaventuranza deseada a la hija que extendía sus alas. Partíamos rumbo a Bogotá en la madrugada de aquel domingo 26, sin haber podido siquiera pegar un ojo durante la noche previa. La ansiedad, el anhelo de que todo termine como un cuento de hadas…

Paradojas de la vida que en mis dos vuelos por Avianca, el despegue se retrasó mucho más que 4 minutos, pero nada saqué de rédito como la compañía aérea que no me devolvió un cinco de aquel pasaje en que se me negó volar un mes antes. Arribamos a Bogotá más tarde de lo previsto, pero todavía nos quedaba tiempo para descansar un poco antes de emprender la partida desde Colombia en el anochecer bogotano. En mi viaje anterior, también me había tocado pernoctar en un hotel de la capital colombiana, luego del incidente Avianca. Un hotel más que mediocre, me había costado un 20% más que cada noche en el prestigioso Nutibara de Medellín. No había chances otra vez para confiarme al criterio de los promotores de El Dorado que te ofrecen cualquier hotel y te sacan propina, además de la comisión que han de quedarse. Reservé habitación mediante hoteles.com, y terminamos apenas a unas vueltas del Hotel Connections de la vez pasada. Un taxi nos trasladó por la Avenida El Dorado hasta el Hotel Cypress Normandia, donde una hermosa habitación doble, nos costó un tercio más económico que mi pasantía por el otro hotel bogotano. Quien nos engrampó fue la taxista, que se llevó sus módicos CO$25000 por un viaje de apenas 8 minutos. La próxima vez, llamamos al taxista amigo que nos devolvió a El Dorado por apenas 14000 en la misma distancia.

En cada viaje se aprende algo nuevo sobre cómo hacer más práctica tu aventura.

Luego de una breve siesta en el Cypress Normandia, hubo tiempo para almorzar a la vera de la Av. 53, así como para pasar por la peluquería y estrenar corte colombiano. Fue lo preciso como para llegar muy a tiempo a El Dorado y ser de los primeros en chequearnos. Entonces, fue donde se activó el favor de Dios y los contratiempos se resolvieron sin problemas. Y no eran poca cosa: Nuestra reserva estaba condicionada a la disponibilidad de asientos, puesto que un vuelo cancelado de Avianca había diferido a todo su pasaje para volar en el 1361 de Aerolíneas Argentinas. Eso nos dejaba en la cornisa de quedarnos varados un día más en Bogotá (y ni siquiera habíamos guardado por las dudas, la habitación de hotel que contábamos hasta la mañana siguiente). Pero, además de eso, estaba el factor boleto-de-vuelta de Edith. Allí fue donde el amor triunfó, porque escuchame: vine hasta Colombia para buscar a mi novia, así va a conocer a mi país y a mi gente, Isn’t that sweet?

Antonio, el supervisor de tráfico en Bogotá, me confió la responsabilidad de hacerme cargo de que Edith regrese a su tierra con bien luego de la travesía amorosa. Y casi dos horas después, se confirmó que contábamos con lugar para regresar en el 1361, solo que distanciados como había nacido nuestra historia.

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Continuará… «»

El viaje sorpresa


Se suponía que habría un viaje a Colombia, pero no era algo de lo que mucho hablaba, salvo si me lo consultaban.

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Todo se había iniciado en mis días de trabajar y aprender junto a Carlos Snaimon, en FilmArte, productor que me confió la producción de un evento del Patrón Bermúdez, ex jugador de fútbol del multicampeón Boca Juniors. El colombiano vendría a participar de una cena show y yo contribuiría en la organización junto a Mariano Gregorini, tipo muy macanudo. En los preparativos de ese evento, publiqué algunas notas y afiches a través de este blog y en las redes sociales que llamaron la atención de una colombiana desconocida de Medellín. Ella quiso interiorizarse respecto al evento y terminó descubriendo una ciudad del sur de Argentina, además de una voz y los escritos de un barilochense. Así fue como recibí su solicitud de amistad en Facebook y se inició la charla entre dos desconocidos que llegarían a ser muy buenos amigos, además de vivir una hermosa historia de amor.

En mi caso, no había ningún tipo de predisposición para un amor, y mucho menos a distancia otra vez, pero todo cambió el día que escuché su voz en el teléfono. Eso sucedió luego de más de 15 días en que muy poco habíamos interactuado. Finalizado el evento de Bermúdez, yo tenía una sorpresa y era el autógrafo dedicado por el futbolista para su coterránea. Edith encontró aquel detalle como una dedicatoria muy especial de mi parte. Ya no volvimos a separarnos desde entonces. Quizá parecerá demasiado pronto, pero apenas a unos días de cumplirse un mes del primer saludo, ya teníamos pensado compartir la vida juntos, y eso hemos venido haciendo desde la distancia. Superamos desacuerdos, peleas y problemas muy serios, pero Edith ha estado acompañándome en todo el proceso de iniciar nuevos desafíos, como el caso de Bezaleel Music & English Academy. Ella resultó fundamental a la hora de las promociones y con su eficiencia y profesionalismo ha contribuido a que todos esos sueños vayan germinando y floreciendo. Quedaba pendiente el asunto de encontrarnos, aunque parecía que nos conociéramos desde siempre, salvo que tendríamos que habernos encontrado antes y sufrir menos antes de conocernos.

Su familia estuvo al tanto de nuestros planes; mi familia no porque existía la incredulidad ante la historia distante. El trabajo en FilmArte no tuvo continuidad y fue tiempo de mirar al horizonte una vez más. La diferencia fue que esta vez, la Divina providencia pareció consustanciarse con nuestra historia de amor y todo comenzó a darse. Primero llegó el tiempo de Sailaway Patagonia, trabajando junto a mis amigos Amparo y Andrés. Una temporada turística inmejorable y lo mejor de las ventas y la logística en esos meses de trabajar por primera vez en la vida directamente con el turismo en mi turística ciudad. El volcán chileno Calbuco selló el final de esos días felices. Y así fue tomando forma la idea de Bezaleel Academy, con la idónea ayuda de mi novia Edith. Los gastos eran demandantes y el proyecto parecía necesitar más tiempo del prudente. Alquilar en el centro de la ciudad no representaba poco gasto, pero lo más difícil resultaba soñar con tantos planes que requerían más de 8000 km. de distancia. En el proceso fue menester sacrificar uno de los instrumentos musicales conseguidos: el bajo eléctrico de 5 cuerdas que acompañaba al acústico de 4 y a la guitarra electroacústica, emigraba a otras manos. El invierno resultó complicado y las cuentas hicieron menester un salvataje por parte de Gastón, mi hermano, crédito mediante. Había promesa de buen trabajo, si bien yo tenía exceso de confianza y los días se iban; Bezaleel no daba abasto. El amor, en tanto, siguió luchando con fuerzas a pesar de todo. Los meses transcurrían.

Luego de una entrevista laboral y el chequeo de todos los exámenes médicos de ingreso, gracias a la militancia sociopolítica con La Cámpora, se dio la gran oportunidad de ingresar a prueba en Aerolíneas Argentinas, y entonces comenzó la Operación Coneja. El período de prueba no resultó nada sencillo, porque el ámbito de trabajo resultó por demás hostil, pero ya no había tiempo para lamentaderas por malos compañeros. Si habría de pagar derecho a piso (sobre todo considerando que el estigma de lo político hacía en el terreno de juego sus lanaterías), estaba dispuesto a no dejarme llevar por cualquiera. Mi novia había resultado decisiva al ofrecer mis servicios como profesor de música nada menos que al hijo de uno de los históricos de Aerolíneas. Aquello alivianó mi carga en mucho y me sirvió para separar las aguas y seguir la corriente.

Bezaleel siguió su marcha, ahora con mucha más holgura, y el año terminó del mejor modo, con el curso por trabajo en Buenos Aires, los primeros días de diciembre en Ezeiza, y la compra de mi añorada guitarra electroacústica de 12 cuerdas, que se sumaba al piano, los violines y el ukelele. Bezaleel era tomado ya muy en serio y el año finalizaba con dos alumnos muy prometedores, además de otros que se sumaban, incluyendo a compañeros de trabajo. La gran tristeza resultó el detalle de las elecciones presidenciales de fin de año que se coronaron con una vuelta de 180 grados al neoliberalismo recargado. Ante estos eventos, debía trazarse una nueva hoja de ruta para los planes venideros, pero el viaje a Colombia no se negociaba. Los primeros días de vacaciones habrían de convenirse y Medellín ya no sería una lejana anécdota. El pasaporte ya estaba; la idea era que la operación Coneja se completara con un viaje de la pareja a San Carlos, pero surgieron desacuerdos y el viaje peligró. No se volvió a mencionar e incluso Edith ni siquiera sospechó del mismo al ver un perrito de peluche que era declarado suyo.

El día del cumpleaños de la aldea de montaña patagónica se completaba ese gran paso en la historia de la Operación Coneja. A las 10:50 en la fresca mañana despegaba el vuelo 1677 rumbo al Aeroparque Jorge Newbery de la ciudad de Buenos Aires. Al día siguiente, el vuelo 1360 partía pasado el mediodía desde Ezeiza con rumbo a Bogotá, Colombia. La Coneja no sabía nada respecto al viaje. El día en Buenos Aires servía para hacer realidad otro postergado sueño que repercutía directamente en la calidad académica de Bezaleel; el curso de inglés usado como guía de estudio, finalmente se conseguía completo, con todos sus emplementos: libros encuadernados, CDs de audio, cassettes y guarda-cassettes, libros bilingües de lectura. El día de Buenos Aires fue agitado y distractivo, porque Edith no supo bien en qué andaba su novio, pero Medellito ya estaba en la habitación 801 del hotel Grand King de la calle Lavalle, mientras la valija negra rodaba por Scalabrini Ortíz, en el barrio de Palermo para la busca de los más de 20 kg. de libros.

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El viaje rumbo a Colombia y todos sus pormenores, incluyendo el encuentro de los novios, merece un capítulo aparte. Hay videos del viaje que serán editados a modo de recuerdo de lo que resultó la gran aventura de un amor surgido desde aquel evento de Bermúdez en San Carlos de Bariloche.

Medellito y un viaje de 8006 km.


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La historia de un viaje puede encontrar distintas razones, pero en la de este perrito san bernardo, todo tuvo que ver con encontrarse con su dueña y viajar desde el sur del mundo hasta la bella Colombia para dar con ella. Y todo comenzó en San Carlos de Bariloche para finalizar en Medellín, Colombia. Una historia que alguna vez se llamó Operación Coneja, ahora consistía en la aventura de un perrito de peluche y su barrilito.

Hubo una parada estratégica en Buenos Aires y una noche de hotel allí antes de emprender el viaje definitivo, abandonando la ciudad donde todo comenzó en el día preciso de su cumpleaños. Nada importaba más que llegar a los brazos de su dueña, quien al verlo en un perfil de whatsapp, llegó a creer incluso que sería para otra persona y no para ella. Luego de esa parada en boxes, la caja llena de libros dentro de la valija y la calle Lavalle en Baires para emprender rumbo hacia Ezeiza y subir al avión que más lejos de casa me llevaría en esta aventura. Avión que despega a las 13:25 y toca suelo colombiano en El Dorado a las 17:10, hora local. La dueña de Medellito no sabía nada respecto a este viaje, hasta que recibió una llamada y supo que su perrito de peluche iba camino a Medellín desde Bogotá.

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El viaje de poco más de 400 km hacia el norte de la capital colombiana se hizo en bus, a bordo de la empresa Bolivariano, y a esta altura, la cordialidad hospitalaria de los colombianos se había vuelto moneda corriente. La joven que vendió el pasaje de bus en la taquilla casi llora al ver a Medellito, bien que primero codeó a su compañera para señalarle el detalle inusual de un perrito con la inscripción de Patagonia Argentina. Luego, a las 22:10 de la noche colombiana inicia el viaje vía terrestre por suelo colombiano y la llegada y el encuentro a las 7:50 de la mañana, dos días después de partir desde el centro de San Carlos.

Luego del encuentro, al hotel Nutibara y a pasear por primera vez antes de que Medellito conozca su nuevo hogar en San Antonio de Prado, urbanización al sur de la ciudad.

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Medellín vista desde la habitación 701 del Nutibara, con el metro en primer plano

Y supiste muy bien sorprenderme porque nunca sospeché que venías de viaje!

8006 km de amor, recorridos para quedarse definitivamente en Medellín, Colombia: la ciudad de la eterna Primavera.

Violencia de género: comienza mucho antes de un femicidio


Si tenemos que esperar a que nos maten a una mujer para salir a decir #NiUnaMenos, entonces, nos acordamos demasiado tarde de prevenir. Nadie ya nos devolverá a esa mujer que falta de su hogar porque a un macho-pistola se le haya cantado disponer de la vida y de la muerte de otro ser humano. Pero ante todo, la violencia de género comienza mucho antes del primer golpe a una mujer o cuando el femicidio ya fue consumado. Comienza por casa la cuestión y muy temprano en la vida. La violencia de género  forma parte del día a día y nos va moldeando para transformarnos en las bestias capaces de cometer semejante atrocidad. La mujer cumple la noble  misión de dar vida; el hombre pierde su dignidad como tal cuando la quita, y no merece ser llamado hombre cuando el crimen lo comete contra una mujer.

NiUnaMenos

Crecí un ámbito de salvajismo cultural en el que denigrar a la mujer y a su condición de madre forma parte de un vínculo de amigos típico. Pensaba sobre eso en mi ámbito de trabajo hace días, entre adultos, porque es demasiado común decir: “¡la concha de tu vieja!”, “la concha de tu hermana”, y por qué no “la concha de mi vieja”. ¡Qué bajeza la nuestra y qué cavernícolas somos si seguimos en ese tren de machismo retrógrado! ¿Cuál es tu problema con la concha? ¿Por qué cuando tenés que insultar a alguien lo mandás a “la puta que te parió”? ¿No estamos con eso acaso validando la violencia del género desde el vamos, denigrando la feminidad? Nunca bardearíamos a alguien refiriéndonos a “la pija de tu padre”,  y es típico escuchar la expresión sobradora “chupame la pija”. Una vez asistí a un partido de fútbol femenino y las tribunas eran tan asquerosas como son típicas entre los hombres; entonces un tipo de la tribuna gritó una gansada en contra de la guardameta de uno de los equipos, y ésta reaccionó gritándole con toda decisión: “¡Chupame la concha!”. El tipo se llamó a silencio, todo avergonzado, porque al hombre, cuando lo apretás un poco, se le cae hasta la “grandeza”. Todo esto forma parte de la cultura masculina. Las mujeres no tienen tan marcada esta tendencia, aunque me sucedió que más de una desubicada me mandara a “la puta que te parió”.

Entonces, más allá de que de ahí a matar a una jovencita como sucedió hace pocos días con Ruth Sagaut, hay un trecho muy largo, el camino del machismo se pavimenta en la formación y el modo en que abordamos la cuestión de la feminidad. ¿Por qué tenemos que tomar al femenino órgano reproductor de la vida como modo de agraviar e insultar a otro? ¿Qué tipo de respeto tendremos por la feminidad si vivimos tratando de puta a la madre del insultado? La sociedad toda parece tener una serio problema con la feminidad, eso está claro. La Justicia es patriarcal, por otro lado, machista, piramidal. Y nada de esto está bien, y creo que por eso, todo hombre que participó como yo en una marcha por el femicidio o desaparición de mujeres, es como si se sintiera apocado y desubicado en el contexto. Me da vergüenza ser hombre si vamos a denigrar de este modo a esos seres a los que debemos nuestro estar en el mundo. Me genera profunda repugnancia una Justicia que deja en la calle a un violador o al pseudo-hombre que golpeó salvajemente al pequeño de su pareja. Encontré, por otro lado, poca coherencia y  voluntad política en el intendente local, quien no supo qué decir en concreto sobre la demanda de la ciudadanía respecto a esta terrible falta de seguridad para las mujeres. Tuvo al menos la deferencia de acercarse y dar la cara, pero acá hace falta mucho más que eso, porque no se pueden cerrar programas orientados a la atención y contensión de la víctima de violencia de género. Es muy preciso una comisaría de la mujer o un órgano para radicar denuncias donde el machismo no se ría en la cara a la víctima. Todos tenemos una hermana, una mujer, una hija, una amiga; y todos tenemos una sagrada memoria por la mujer que nos dio la vida. No podemos quedar a merced de los cavernícolas más retrógrados de la sociedad actual.

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Mi percepción de la marcha de hoy fue como un collage de gestos, de reclamos, de preocupación y tristeza. Habló la hermana de Ruth y la preocupación que yo siento no se compara con su dolor; también puedo solo solidarizarme con la familia de Micaela o sentir un completo repudio por lo que se hizo a Natalia. Pero no da para seguir faltándole así el respeto a la vida y tener ese miserable concepto de la feminidad como para que siga sucediendo que un impotente que se las da de macho se crea dueño de la vida de una mujer. El nivel de machismo en sangre que tenemos es muy nocivo, y nuestra sociedad necesita repensar la cuestión de su visión de la feminidad, porque si seguimos tomando la fecundidad y la feminidad como insultos, somos responsables de crear los monstruos que después cometen un femicidio.

Por eso mi impresión de que decir #NiUnaMenos es un tardío reclamo, cuando la vida ya no devuelve a las mujeres que el hombre mata. Tampoco olvidemos que nos gobierna un tipo que expresó que a las mujeres les gusta que le digan groserías como piropos. Incluso ocurre que cuando un cavernícola mata a una mujer, se lo llama “hijo de puta”. ¿La culpa la tuvo su madre y no él?

De los carteles, me quedo con uno que decía: “Si no hay AMOR,  que no haya nada entonces.” Pero entonces, resulta que un tipo que pega o mata a una mujer, no está interesado en el amor, el muy maricón, o no entendió una mierda de qué se trata. Y lo más triste es que muchas veces la educación que estos cavernícolas reciben, viene dada por el lado de mujeres que desprecian a su propio género. Tales como aquellas que son capaces de mandarte a la puta que te parió.

La cuota alimentaria


—Va a ser siempre lo mismo; es una fiebre que les da y no vale la pena. A lo sumo, les dura una temporada de verano, después, aguantátelas.

—Pero escuchame una cosa: vos la querés todavía…

—Sí, todavía me arriesgo a reconocerlo, pero si vamos al caso, hace 2 años apenas, no la conocía y si no hubiera aparecido ni andado atrás mío, mi vida hubiera sido la misma… me hubiera ahorrado unos buenos quilombos innecesarios y no habría tenido por qué darle cuentas a nadie.

—¿Y los planes que tenían?

—A la mierda los planes; de hecho, no había nada en concreto, salvo en mi iluso mundo, entend…

—No digas eso, chabón. Se te notaba re feliz, acompañado, emprendedor, con vitalidad…

—¿Vos pretendés que para seguir pareciendo todo eso, siga como si nada esta tortura?

—¿Es para tanto?

—No, claro, pero tampoco es necesario andar en estos vaivenes interminables…

 

Lo pensé bien y muchas veces, por más que no me sea sencillo explicarlo. La vida no está para estas aventuras amorosas y no me veo en la necesidad de terminar como ese viejo canoso que se sube sin vida al automovil que conduce su mujer, después de haber hecho con toda aplicación los deberes a que lo mandaron. Está bien, crió hijos, formó una familia y deja un legado; ponele que le haya salido bien. ¿Y qué con eso? Yo no creo que sea feliz ni mucho menos. Las personas tan predecibles, dejate de joder: tiramos los dados y vemos si sale nuestro número de teléfono. La elegimos de entre un universo de otras opciones como si no hubiera otra. ¿Por qué elegir una? ¿Qué necesidad tenés de hacerte mala sangre así? Ya sé que me desangro en pensamientos, mientras Marcos vuelve del baño y seguimos con esta discusión que viene a ser la cuota alimentaria de una amistad en la que el apesadumbrado eslabón de la cadena, o sea yo, tiene que desahogarse sin escuchar ningún consejo, porque a quién le interesa lo que opine el otro si no tiene la desdicha de vivir en mis zapatos. Alguna vez me senté a salvar el matrimonio de otros, lo reconozco, pero hoy sé que no hice nada bueno y tendría que haber dejado que el curso de las cosas siga sin mi redentora intervención. ¡Que se vaya bien a la mierda, quién se cree!

—Javier… ¡Javier!

—Hey.

—Estás ido, man. Me gustaría poder hacer algo para ayudarte (ayudarlos).

—¿Para qué, Marcos?, contame…

Hay silencio por un rato bastante extenso mientras en la radio suena Soda Stereo, cuándo no. Todo como si los 80′ no se hubieran ido nunca. ¿Por qué seguimos acá? Yo era un niño tan iluso, tan idealista sin tener de dónde agarrarme el pantalón.

“Me dejarás dormir al amanecer
Entre tus piernas… entre tus piernas”. 

—Eso es todo lo que queremos, ¿te das cuenta?

—¿Qué cosa?

—Las piernas, sexo, cama…

—La fuerza creadora de la vida, el instinto de supervivencia, creo que dijiste un día vos…

—Freud. Pamplinas.

Llega una mina que saluda a Marcos con la cara llena de risa y yo tengo ganas de decirle: “¿De qué mierda te reís, flaca, cuál es el chiste?“. Son tan simpáticas mientras no las conocés, siempre que no tengas que soportarlas. Se dio cuenta de mi cara de orto; Marcos quiso la formalidad de presentarnos, pero ni bien le intuí la intención, le di una patada por debajo de la mesa. Torcí la cabeza y miré para otro lado, sin que mis pensamientos puedan hacer lo mismo. Estoy estancado, y así voy a estar por un buen tiempo que, espero sea lo más breve posible. Le perdí el hilo a la conversación de la flaca risueña, de pronto, en mi cabeza todo parecía un murmullo y lo único que percibía era la discusión final y las cosas sin retorno con la otra, de cuyo nombre no quiero acordarme.

—¿Qué puedo hacer ahora? —dije, sin darme cuenta que lo hacía en voz alta. La flaca se detuvo como si estuviera presenciando un accidente y Marcos quedó descolocado como un boludo. —Sentate, si gustás…—le dije con toda la simpatía de que fui capaz a Lorena; creo que así la llamó Marcos. Marcos intentó ponerla en situación explicándole del mejor modo posible que yo estaba en un problema de polleras.

—¡Ustedes! —espeté desacatadamente.

La flaca me miró ya sin ningún rastro de sonrisa en su rostro y con un leve sonrojamiento de las mejillas. Sentite incómoda, qué mierda; si no habrás hecho desangrar a un pobre ganso, pensé, hasta teniéndole bronca a esta desconocida. La morocha recobró la calma y respondió lo siguiente:

—¿Qué te hicimos ahora?

—¿Debo suponer que te hacés cargo de tus genericadas?

—¡No me contestés con preguntas!

—No vengas a decirme cómo mierda tengo que responderte…—, repliqué con supina calma y largando las palabras entre dientes.

Marcos no sabía dónde meterse ni cómo intervenir. Pareció desvanecerse como mantel que se desliza mesa abajo, pero su amiga largó una risotada que no hizo sino darle más tensión al asunto.

—Lo jodido que debés ser vos, viejito

Yo no sonreí, pero los ojos se me aflojaron y los músculos de la cara también. Suspiré y estuve por largarme a llorar, pero hubiera querido estar sólo para eso, no dar lástima delante de una desconocida y regalarle ventaja de ese modo. La flaca se mimetizó conmigo y pareció acompañarme en sentimiento.

—Yo he escuchado hablar de vos, incluso recuerdo haberte leído más de una vez y discutido con vos en mi soledad; no creí que llegara el día en que pudiera cantarte las cuarenta, mucho menos encontrándote con las alas caídas. Vos, justo vos, siempre tan pagado de vos mismo. Pero voy a darte la chance. Escupí lo que quieras, dale.

—¿Viste el partido de River el domingo? —le consulté.

—No te propases conmigo, Javier, que a mí tampoco me interesa el julbo, como decís vos siempre. ¿Qué pasa, no vas a contarme al final lo que te pasó con tu chica? ¿O querés que adivine?

—Lo único que me hacía falta es que después de los dislates de la otra, me toque bancarme tu interrogatorio.

—Vos fuiste, papito, el que vino con el planteo. ¡Vamos! ¿Qué te hizo la ingrata? ¿Te metió los cuernos?

La miré por un lapso de incontables segundos sin musitar siquiera un gesto, impávido ante el espectáculo de que tuviera delante mío algo así como a mi propia versión femenina, una yegua, lisa y llanamente hablando. ¿De dónde salió esta desgraciada?

—Contame un poco sobre vos, ya que estamos. Si buscabas llamar mi atención, hete aquí que soy todo oídos. ¿Te llamás Lorena o me equivoco?

Marcos parecía el árbitro en un partido de ajedrez; observaba las movidas de cada bando sin intervenir en lo absoluto más que con la expresión de pavorosa admiración. Yo lo miré como diciendo: “Hacé algo que vos tuviste que ver con meterme en este embrollo.”

—Lorena es mi hermana. Yo no te pienso decir mi nombre en la primera cita…

—¿Hay algo que sí hagas en la primera cita?

—Ah, sos guacho, pistolín. ¿Qué te gustaría hacer en una primera cita, contame?

—Me gustaría que fueras la mujer que amo.

—Mierda, sos poeta y yo lo sabía. ¿Sabías que por eso nomás resultás interesante aunque no parezcas valer un mango con cincuenta?

—Gracias por el piropo, sweety, pero todavía no me has contado nada sobre vos y lo único que tengo son miradas sobradoras tuyas y la idea de que buscás ridiculizarme justamente hoy, que el horno no está para bollos.

—Hay mucha metáfora hoy, y es amor lo que sangra.

—Bajen un poco a la realidad —sugirió Marcos—, Estamos en una nube de abstracciones y no se están diciendo nada en definitiva.

—De eso se trata —dije—, esta mina consiguió sacarme un poco de mi drama y me está ayudando a ver luz fuera del túnel éste, aunque supongo que se trata de una luz mala, otra vez.

—Si sos tan pesimista, ¿cómo cuernos es que te metiste en estos embrollos del corazón? Me pareció haber leído que eras inmune a estas simplezas. Pero al final, sos igual que todos; querés vivir en el universo de tu exclusividad y que todos se sientan atraídos hacia vos, para terminar siendo ordinario como cualquier mortal. Y hasta compadezco a esa pobre mujer que no debe estar para nada entera después de vos.

Yo, con esto, me levanté para irme y los dejé solos, para que siguieran divagando sobre alguna otra historia. Después le preguntaría el nombre a Marcos sabiendo que no querrá dármelo. Tenía razón en todo lo que dijo. Yo hubiera querido explayarme, pero no me sentía en confianza. Sentí como si todas las miradas se me clavaran en la espalda, si bien no divisé a ninguno mirándome. Caminé un rato sin rumbo para digerir lo que estaba pasando y no podía evitar pensar en otra quien no fuera la razón de mis suspiros. Era mejor, en definitiva, dar por cerrado el capítulo y que sangre lo que tuviera que sangrar si, después de todo, nada volvería ya a ser lo mismo. Pulgar corría por la costanera queriendo perder los kilos sobreganados que traen los años. Yo observaba que los transeuntes no tienen mi problema, no les falta hoy la mitad de su existencia, pero tampoco yo me calentaba en detenerme un rato cuando veía a algún descorazonado caminar sin ton ni son por la vida. Pasaron variados autos anónimos de todos los colores en mi daltónica peregrinación. Alguno tocó bocina, desconozco si para saludarme. Todo parecía inerte y yo quería que así fuera mi interior también. ¿Qué hacía hace 2 años yo? Tenía un montón de preguntas, pero me hubiera gustado quedarme hablando con la hermana de la tal Lorena, sólo para saber hasta dónde era capaz de llegar en su intelecto romántico. Me dio bronca estar expuesto ante ella como desnudo a causa de las cosas que escribo pensando que nadie las lee.

De vez en cuando hace muy bien que te saquen de paseo. Por eso le sonreí al levantarme, sin siquiera decir adiós.

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